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El mercado no es la naturaleza

Es fácil encontrar en Internet y en la vida cotidiana personajes que gustan de asemejar a las personas que vivimos en esta sociedad de mercado con animales viviendo en la naturaleza. Son fácilmente reconocibles porque a la hora de discutir problemas sociales no tardan en producir ingeniosos símiles darwinianos, referenciando fenómenos que todos hemos visto en los documentales de la naturaleza, como leones hambrientos que cazan gacelas o supuestos machos alfa que tienen gran descendencia. La argumentación de fondo que siguen se puede resumir a que en las sociedades meritocráticas y capitalistas de mercado sucede lo mismo que en la naturaleza: el más fuerte y/o apto sobrevive y medra. Este pensamiento es el darwinismo social y tiene una gran tradición: ha servido para justificar el imperialismo y la desigualdad desde hace más de 150 años. 

Hoy día la variante del darwinismo social que más habitualmente nos encontramos es la de raigambre liberal, que pretende hacer pasar las desigualdades económicas por necesidades naturales. Así, del mismo modo que los leones cazan gacelas y que las especies peor adaptadas se extinguen hay en las sociedades grandes desigualdades, ricos y pobres. ¿Y qué se puede hacer frente al orden natural de las cosas? Nada se puede ni debe hacer, responden, pues toda intervención estaría destinada al fracaso. No se puede convertir a un carnívoro en herbívoro. De hecho, afirman no solo que toda intervención estaría destinada al fracaso sino que esta causará dolor y sufrimiento innecesarios. 

Toda esta construcción descansa sobre una mentira: considerar que el mercado es una fiel representación de la naturaleza y no un conjunto de relaciones sociales y de poder que bien podrían ser diferentes y arrojar distintos resultados. La trampa infinita que se esconde tras este razonamiento es que no importa cuán insoportable sea una realidad, será siempre justa porque será natural ya que el mecanismo que la ha creado es justo y meritocrático por naturaleza. De este modo, las personas pobres merecen su condición sin excepción, al igual que los países más desfavorecidos, en una perversión de la responsabilidad individual que acaba consumiendo al individuo, que hereda los supuestos errores de sus antepasados y no podrá nunca escapar de ellos.

Es por esto que cuando quienes emplean con orgullo estos argumentos agitan la bandera de la libertad, lo que reclaman es libertad para tratar de situarse más arriba en la sociedad o mantener su ya privilegiada posición. Libertad para el privilegio y la excepción; libertad no para no servir, sino para ser servido; libertad para el señor frente al siervo; en definitiva, una libertad construida sobre la tiranía natural que pretenden engrandecer.

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